El adiós de un Cristiano que se convirtió en Dios

Ayer se cerró un bucle. El mismo día en el que Cristiano Ronaldo decía adiós a una brillante carrera internacional tras la eliminación de Portugal, se cumplían ni más ni menos que 17 años desde aquel 6 de julio de 2009 en el que Cristiano fue presentado en el Santiago Bernabéu.

Una fecha que tal vez no para Cristiano, pero sí para el madridismo, es muy significativa. Un madridismo que, sin saberlo, acudía hace 17 años a uno de los puntos de inflexión más grandes de la historia del club.

Porque algunos sospechaban que las cosas cambiarían, pero absolutamente nadie podría haber imaginado la forma en la que ese portugués de 24 años escribiría con letras de oro su nombre en la historia del Real Madrid.

La carrera de una leyenda que cambió las normas se acerca a su fin

Un impacto que está perfectamente reflejado por unas cifras que no están al alcance de ningún humano: 451 goles en 450 partidos, 4 Champions League en 5 años, la pulverización de todos los récords habidos y por haber… Pero eso es adelantarse. Porque incluso antes de los títulos, Cristiano cambió muchas cosas en el Real Madrid.

Un Real Madrid al que el luso llegó en horas bajas, en un contexto en el que el mundo estaba maravillado ante un Barça de Guardiola que parecía haber reinventado el fútbol, mientras que los niños que sentían devoción por la camiseta blanca tenían que conformarse con escuchar las historias de otros que tuvieron la suerte de llegar antes que ellos.

No le importó venir de un Manchester United que reinaba en Inglaterra y en Europa. Después de triunfar como diablo rojo, el portugués tenía claro que la única forma de cumplir su sueño era vestir de blanco. Y vaya si lo hizo. Y lo atestiguan aspectos que van mucho más allá de las cifras.

Su llegada al Real Madrid cambió muchas cosas. Su autoexigencia cambió la exigencia de todos. Su disciplina de trabajo se convirtió en la norma de otros tantos que no solo vieron en él un líder, sino también un ejemplo a seguir para poder competir contra todo y contra todos.

Porque al final, la carrera de Cristiano Ronaldo se podría resumir en eso: una lucha constante contra los que le dijeron hasta la saciedad que no podía luchar. Y todo aquello que tildaron de imposible, él lo hizo. Y posiblemente fuera el Cristiano adulto el que consiguió tocar la gloria, pero dentro de sí mismo seguía viviendo ese niño de Madeira que dejó su hogar para perseguir su sueño.

Y en esa constante lucha contra todo y contra todos, el portugués consiguió acallar las voces de aquellos que repitieron hasta la saciedad que no podría hacerlo. Que no podía competir con el talento de Messi, ni con el gol de Ronaldo, ni con el espíritu de Eusebio.

Pero al final, para poder comparar la carrera de Cristiano con la de cualquier otro, sus detractores han tenido que recurrir a las mayores virtudes de los mejores de la historia para plantar cara al luso. Y ese es precisamente su mayor legado: hizo creyentes incluso a los agnósticos que aseguraban que jamás llegaría donde él quiso llegar.

Y supongo que, para los que hemos vibrado con su fútbol incluso antes de que se enfundara la camiseta blanca, eso es lo más duro: hizo de los imposibles algo tan habitual que, por un momento, llegamos a creer que Cristiano sería eterno. Ese es el gran legado de un niño que se convirtió en rey contra viento y marea.

Tal vez él no lo sea. No al menos su cuerpo y sus piernas. Pero sí lo es su legado. Porque los que disfrutamos de él jamás olvidaremos la ilusión de un fichaje que, aunque no lo supiéramos, iba a cambiar la historia. Las horas viendo recopilaciones en internet con el Manchester United a la espera de su debut con el Real Madrid. El intento de copiar su cresta, su folha seca al lanzar las faltas, o los cuellos subidos de aquella inmaculada camiseta dorada de 2011.

Un icono fuera del campo, pero también dentro. Jamás podremos olvidar la chilena en Turín, ni tampoco el doblete en Cardiff, dos de los momentos más icónicos de sus últimas dos Champions. Pero tampoco el gol en Mestalla con el que destronó al Barça de Guardiola, el ‘calma’ en el Camp Nou, o la emoción de los 4 Balones de Oro que ganó de blanco con los que todos sentimos su victoria como nuestra.

Una historia que no solo aplica al Real Madrid, sino también a Portugal, a pesar de que muchos quieran tildar su carrera internacional de fracaso: antes de Cristiano, Portugal había disputado 3 Mundiales en toda su historia. Tras su aparición allá por 2002, el combinado luso se clasificó para 6 de 6 Copas del Mundo. Y entre medias, el luso levantó los tres únicos títulos de la historia de su país.

Pero no estoy aquí para reivindicar su carrera, porque no es necesario. Estoy aquí para despedirme del futbolista que me hizo enamorarme del fútbol. Ayer, Cristiano colgó el cartel de ‘se acabó la función’ sobre el frío suelo de un escenario en el que hizo historia.

Un escenario en el que, tras su adiós, siempre quedará una sensación de vacío, tras las puertas cerradas del teatro de los sueños en el que millones quedaron maravillados ante una magia que, hasta entonces, no creían posible. Y por ello, los niños que crecimos maravillados ante los trucos del luso, hoy sonríen un poco menos.

Te puedes ir, eso sí, con la cabeza muy alta y con una sonrisa de oreja a oreja. Porque como cuenta la mitología griega; Ícaro sonrió mientras caía, porque sabía que la caída significaba que había volado más alto que nadie.

Gracias Cristiano, tu legado será eterno, y tus hazañas serán narradas para que todos comprendan la historia de aquel niño que salió de Madeira y no paró hasta colarse en el Olimpo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *