
Que Vinicius atraviesa uno de los momentos más complicados en su carrera en el Real Madrid es algo que salta a la vista. Y lo hace por muchas cosas, no solo por lo que pasa en el terreno de juego, sino por lo que pasa cuando sale de él. Y lo segundo es casi más grave que lo primero.
Se sabe que el asunto es grave cuando se ve que el futbolista de la sonrisa eterna la ha perdido. Un Vini que trasladaba la alegría que irradiaba en su día a día al terreno de juego, y que al perderla fuera del césped, parece haberla perdido también dentro de él.
Vini y la pérdida de lo único que mantenía su chispa
No es el primer bache que pasa Vini. Pero probablemente sí el peor. ¿Por qué? Porque independientemente del momento que pasase Vini, nunca dejaba de intentarlo. Pero esta vez, algo ha cambiado. Por primera vez en su carrera de blanco, en dos partidos consecutivos como titular, Vini no ha intentado ni un solo regate. Y eso sí es preocupante.
Con ello, volvemos al primer punto. Ese brillo y desparpajo que siempre ha caracterizado al ‘7’ ha estado presente tanto dentro como fuera del campo. Y en el mismo momento en el que esa chispa desapareció fuera del campo, también ha desaparecido dentro de él.
Pero, ¿por qué ahora? ¿por qué en otros momentos Vini parecía el de siempre y lo intentaba mil veces si fallaba 999? Porque ha perdido lo que jamás pensó que perdería. Es una realidad innegable que la carrera de Vini desde que se enfundó el escudo del Real Madrid ha estado marcada por un acoso y derribo constante.
Desde aquel niño de 18 años del que se burlaban cuando llegó, hasta ese hombre consolidado como estrella al que atacaban de forma racista porque ya no tenían más alternativas. Pero el momento en el que la forma de ver la vida de Vini cambió fue el momento en el que parte de los suyos se volvieron contra él.
Porque un imperio derrotado por los enemigos puede volver a levantarse. Pero aquel que se derrumba desde dentro… está muerto. Y por eso en el momento en el que una parte del madridismo, la chispa que siempre lo mantuvo a flote, se volvió contra él, su carrera de blanco ha alcanzado un punto de no retorno.
Y da pena. Da pena porque, al final, es lo que siempre quisieron sus detractores. Que el madridismo viera lo que ellos querían que vieran. Detractores no solo en las aficiones rivales, sino también en estamentos o prensa. Estamentos que lo han juzgado con una dureza que a otros no por celebrar, por bailar, por reírse o por protestar.
Cosas que a algunos como Lamine Yamal se le aplauden o se le resta importancia, en Vini siempre han sido consideradas poco menos que un pecado capital. Pero qué esperar de un país que en repetidas ocasiones ha aplicado aquello de: “Si se le insulta a él pero no a otros compañeros negros, por algo será”. La clásica de, “claro, como no le van a silbar por la calle, si lleva minifalda”.
Vini declaró el otro día que los silbidos en su casa le duelen. Nunca se ha achantado ante los insultos o los silbidos rivales. Pero sentirlos por parte de los suyos, y especialmente en un mal momento deportivo y personal en el que alguien tan emocional como Vini necesita más que nunca el apoyo de los suyos, el juicio popular del público al que siempre le ha entregado todo está de más.
Inexplicablemente, hay muchos que se alegran de uno de los soldados que se ha partido la cara por el Real Madrid hasta la saciedad. Uno de esos que llegó cuando todos atisbaban un inevitable fin de ciclo, y que abanderó una generación gloriosa marcada por un madridismo genuino y salvaje que muchos ya ni esperaban.
La carrera de Vini en el Real Madrid puede terminar por muchas cosas. Puede terminar porque ya no le den las piernas, o porque lleguen otros mejores que él con el tiempo. Pero no puede terminar porque el vínculo inseparable que se forjó entre Vini y el Real Madrid se rompa por entes con intereses ajenos. Porque tal vez cuando ese día llegue, los mismos que hoy le silban le añoren más que a nadie.